fotografía de autor desconocido
M.13
“...el coraje…ese punto exacto en que la memoria….”
Empezó todo con una ventana rota y una
escalera. Unas ganas enormes de tirarse por la primera desde los ojos y de
descender desde las tripas por la segunda. No pasaba nada por hacerlo, no cabía
en su cuerpo la posibilidad del dolor que esas acciones podían haberle
producido; los ojos eran de Otro y las tripas eran de Una. Él, simple y
demente, era Ajeno a todo aquello.
Hecha la quizás innecesaria introducción,
diremos, para aliviar la tensión ocular y el destensar visceral, que había
también en aquel corazón una chimenea intuida, escondida durante años en la
leña cortada que, cubierta bajo un plástico negro, dentro le latía. La leña.
Aquella que nunca ardía, y que Ajeno no sabía muy bien qué función cumplía en
el plano, en la escena congelada de su vida, aparte de que podía usarla para
soñar fuegos, aunque (tenía la esperanza) algún día descubriría para qué servía
más allá de calentar aquellos sueños.
A lo lejos, tras una valla, había un
duplicado de la pared donde rompía la primera ventana, desde la que, por entre
el reflejo del cristal fragmentado, se veían 14 interruptores…... (catorce,
que, como sabrán, además de otras trece cosas, son dos veces 7, vaya…)
No lo pensó más. De un grito, saltó desde
los ojos por la ventana, descendió desde la entraña tripa abajo por la escalera
y cruzó el valle tras la valla. Traspasó la doble cristalera fragmentada, bajó corriendo
los peldaños y accionó el primer interruptor, el que encendía la luz que
llevaba a la salida que conducía al bosque de entrada…
C.7
“…apostarlo todo
es decir sí a la vida,
aunque traiga consigo cien mil colmillos…”
Sobre el río flota inquietante una bruma,
una extraña niebla inmóvil, que se eleva por encima del bosque que a lo largo
de la otra orilla se extiende. Y por encima de éste, la colina, sobre la que
reina el siempre lejano Árbol Negro.
Para Ajeno, tener esperanza en el futuro
significa exactamente mirar a ese árbol (repito: negro) y, al llegar junto a
él, viniendo como vendrá de tan lejos, creer que, sólo por eso, por la dura
tarea de lograr el acercamiento, podrá alcanzarlo; que tocará su corteza
–piensa-, la acariciará, arrancará después una rama, verá llenas de vida sus
hojas, y entonces, de repente, el árbol, por ser tangible, por poder tocarlo, ya
no será negro sino mayormente verde –piensa de nuevo-, pues estará hecho de
savia, de luz. Cada parte de ese árbol estará cubierta de uno de los 7 colores,
sólo para él y su esperanza. Que vendrán ambos, él y ella, de tan lejos…
Pero resulta que,
tras el destello, en cada destello, será siempre el mismo Árbol…y será Negro.
Lo que, por otra parte, no tiene nada de malo. Simplemente, no será lo que
esperaba…
J.1.
“…había que
acercarse a sus secretos y misterios
como los hebreos
a la ciudad de Jericó:
dando al menos
siete vueltas…………………………..”
Desanduvo –de nuevo y
por primera vez, como los auténticos caminantes- el sendero de árboles, arbustos
y matorrales, aquel que tantas veces había recorrido, tan de lejos, sólo con la
mirada, siempre fija en el Árbol Negro.
Pero de pronto, en medio del sendero, el
camino ya no existía; ni siquiera estaban tras de sí la ventana por la que
había, al fin, saltado, ni las escaleras que había bajado para llegar hasta
allá arriba, a la colina…No quedaba nada del mundo viejo.
Vagó largo rato y corto espacio
por su descamino. Fue de veras un mucho tiempo, mucho más largo que el sendero,
que era corto, pero no por la sinrazón del enrevesado avance desesperó.
Continuaba pensando en las palabras del Carnero con el que había soñado, aquel
que Una había cocinado después de Otro cazarlo, y que fue lo último que comió
antes de salir al bosque. Pensó en aquellas palabras…hasta que las olvidó. Y
comenzó a pensar en sí mismo de nuevo. Se deshizo, y caminó. Y por fin
desavanzó, esperanzado.
Marchaba por un nuevo sendero, con la
paciencia con la que los muertos esperan
al amor verdadero, pues esta vez no era él quien lo había creado, así que no
podía destejerlo, desentramarlo, sólo recorrerlo. Los pacientes muertos, que no
tienen nada mejor que hacer, con toda esa tierra encima, soportando su peso
dentro, su fuerza opresora y también su potencia, que los saca afuera en forma
de rama, gusano o hierba, mientras ellos esperan, pacientemente, la transformación.
Porque se lo pueden permitir. Entonces, como si fuera él mismo un muerto,
empezó a sentir nostalgia de algo que había vivido pero que no recordaba.
Aunque enseguida descubrió que no era nostalgia, y se desdobló en Nós y en
Talgia. Nós era un vago recuerdo de algo que ya no era, y se fue difuminando
con la bruma, pero Talgia era el reflejo de todo lo que había en la otra
orilla. Era como una trompa marina, ese instrumento musical de una sola cuerda
muy gruesa que se toca con arco, apoyando sobre ella el dedo pulgar de la mano
izquierda. Así que, aunque no estuviera en el mar, sino en el río, estiró su
brazo y comenzó a tocar…
A.9.
“…el criterio de
la realidad es
su intrínseca
falta de relación…”
A la llamada de la trompa marina que con
dulzura de agua de río tocaba Talgia, respondió una comitiva de seres en
procesión de, desde, hasta, para, por el exilio. Se unieron a Ajeno y su música
y dejaron que él los guiara. Él, que no sabía por dónde iba, y a quien tampoco
le importaba. Sólo sabía que quería llegar a la cima de la colina, a descansar
a los pies del Árbol Negro de la esperanza.
Descubrió Ajeno entonces que la marcha de
los exiliados no es realmente una “marcha”, ni siquiera es un sustantivo. La
marcha, unida al exilio, no es una palabra, es la esencia del acto. No es una
huida, no nos equivoquemos, es el anhelo de una llegada, pues en realidad no
escapan de algo, sino que van al encuentro de sí mismos. Es un algo que sólo puede ser comprendido
cuando el viaje acaba, es un sentir profundo de otro mundo, más allá del que
dejan, ése que les escupe a la cara, que se les acaba; es una intuición que
crece y crece, construyéndose hasta completarse, al fin, en el fin de su
movimiento vagabundo.
Y comprobó también que el deseo de
desfilar triunfantes bajo el Arco de la Gloria no es nunca una meta que
encuentre espacio entre sus límites, entre sus deseos de exiliados. Sólo buscan
una frontera que no los limite y que puedan cruzar bailando, descalzos. Una
frontera que no sea un tiburón que, mientras sonríe, ausente, como si el terror
no partiera de su boca, los devora...
Simplemente, no hay anhelo de desfile,
sólo esperan conseguir reposo. Quietud. Un respiro. Un banco...
S.16.
“…hacia atrás va
y se convierte en fuente,
y ahoga a todo el
que se resiste a beber…”
Y apareció ese banco, y allí se quedaron.
Pero no importó, pues Ajeno hacía tiempo que se había despistado de la fila y
ya no seguía la línea del exilio.
Se paró, eso sí, antes de olvidar lo aprendido
con ellos, para cerrar los ojos y saborear los mundos mágicos y arcanos que de
pronto había recordado con los cuentos que narraban los ancianos que cerraban
la comitiva. Se quedó paralizado, profundamente fascinado por el encuentro
inesperado con los fantasmas inofensivos que le observaban desde tan lejano
pasado. Se convirtió por un instante él mismo en el anhelo más profundo de
aquéllos: fue quietud, paz, un momento de respiro. ¿Respiro? Fue pensarlo, e
inmediatamente volvió a respirar. Y abrió los ojos... Seguía sentado bajo el
árbol, pero seguía corriendo. Llegó entonces a la esquina más alejada de la
colina (habría sido tan fácil jugar a llamarle casa, tanto, que lloró en
silencio por todo lo perdido)
Allí le esperaba Otro, tendido junto al Carnero
justo antes de cazarlo, antes de que pudieran comerlo, antes de que partiera en
su viaje...
Y.14.
“…la inexplicable
alegría del pez hueco…”
Otro estaba dormido y Carnero comía
hierba sin parar y repetía todo el rato “no es verde; lo ves así, así que no lo
creas”. Y Ajeno miraba cómo comía, y cuanto más miraba, más el Carnero comía, y
más verde era la hierba que Ajeno veía. Y así estuvieron durante horas, venas,
días, hasta que de repente, Carnero (que hacía tiempo que se había vuelto
mayúsculo), se vació de todo lo comido y escupió a los pies de Ajeno todo lo que antes lo había nutrido.
Y le dijo: “esto sí; esto que durante
largo tiempo mastiqué, tragué y ahora escupo ante ti, esto, sí puedes decir que
es verde. Aunque ya sé que lo ves negro...” Y desapareció.
Ajeno permaneció allí, de pie,
petrificado, más solo de lo que nunca antes había estado, pues efectivamente,
no veía nada. Para él no había nada a sus pies…sólo un manto negro a los pies
del Árbol Negro……………y aún así, decidió quedarse allí, feliz por haber llegado
finalmente a su destino…………………………………………………….